Sabemos desde hace décadas que la aterosclerosis es un proceso de endurecimiento y estrechamiento de las arterias, asociado a la acumulación de lípidos, la inflamación crónica y factores de riesgo clásicos como el tabaquismo, la hipertensión arterial, el sedentarismo y la predisposición genética.
Este proceso es la base fisiopatológica del infarto agudo de miocardio, del accidente cerebrovascular y se asocia también al deterioro cognitivo con el paso del tiempo.
Sin embargo, la ciencia sigue avanzando, y recientemente se ha sumado un hallazgo relevante: el rol de la microbiota intestinal en la salud arterial.
Cuando la microbiota se encuentra alterada —frecuentemente como consecuencia de una alimentación rica en ultraprocesados y pobre en alimentos naturales— puede producirse una sustancia proinflamatoria denominada propionato de imidazol. Este compuesto ha demostrado capacidad para favorecer la inflamación de la pared arterial y contribuir al desarrollo de aterosclerosis, incluso en personas con niveles normales de colesterol.
Este hallazgo abre una nueva línea de investigación en cardiología y medicina preventiva, y probablemente dará lugar en el futuro a estrategias terapéuticas innovadoras que integren el eje intestino-arterias.
Mientras tanto, hay algo que sí podemos hacer hoy.
Volver a lo básico.
La evidencia sigue respaldando el valor de una alimentación de estilo mediterráneo: frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, aceite de oliva, pescado y reducción marcada de ultraprocesados. No solo para controlar el colesterol, sino también para proteger la microbiota intestinal y reducir la inflamación sistémica.
Cuidar la microbiota es, también, cuidar las arterias.
Un motivo más —y científicamente sólido— para comer mejor, no desde la restricción, sino desde la prevención y el cuidado a largo plazo.
Bibliografía
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