En la práctica clínica y en el trabajo con organizaciones, es frecuente escuchar una idea que se repite casi como un reflejo: "no tuve suerte". Sin embargo, cuando analizamos en profundidad las trayectorias personales y laborales, observamos que la diferencia no suele estar en la cantidad de oportunidades disponibles, sino en la capacidad de percibirlas y actuar sobre ellas.
No somos lo que la suerte nos ofrece. Somos, en gran medida, lo que hacemos con lo que se nos presenta.
Desde la medicina del estrés y la salud laboral, sabemos que el estado interno de una persona —su nivel de energía, claridad mental y autoconfianza— condiciona directamente su comportamiento. Quien se posiciona frente a la vida con una convicción activa, incluso sin certezas absolutas, tiende a desarrollar una conducta orientada a la acción. Esto genera un efecto acumulativo: más movimiento, más exposición, más probabilidades de que algo suceda.
En términos neurobiológicos, el cerebro no percibe la realidad de forma objetiva, sino filtrada por expectativas, creencias y experiencias previas. Este fenómeno, conocido como sesgo cognitivo, influye en qué estímulos captamos y cuáles ignoramos (Kahneman, 2011). Por eso, dos personas pueden estar frente a la misma situación y ver escenarios completamente distintos: una detecta una oportunidad; la otra, un riesgo.
A esto se suma el impacto del estrés crónico. Cuando una persona se encuentra en un estado sostenido de alerta, con sobrecarga cognitiva y emocional, su sistema nervioso prioriza la supervivencia inmediata por sobre la exploración y la creatividad (McEwen, 2007). En ese contexto, el cerebro reduce su capacidad de análisis flexible y toma de decisiones estratégicas. En otras palabras: bajo estrés, vemos menos opciones.
En consulta, esto se traduce en relatos de frustración persistente. Personas con alto potencial que sienten que "las cosas no se dan", cuando en realidad lo que está comprometido es su capacidad de acción. No por falta de voluntad, sino por agotamiento, inseguridad o una narrativa interna limitante.
Por el contrario, quienes logran avanzar no necesariamente tienen menos dificultades, sino una relación distinta con ellas. Actúan aun con dudas. Se mueven sin garantías. Y, en ese proceso, no solo encuentran oportunidades: también las generan.
Este punto es clave en el ámbito laboral actual, donde los cambios son rápidos y las certezas escasas. Las organizaciones necesitan personas que no solo esperen condiciones ideales, sino que puedan operar en contextos de incertidumbre. Pero esto no es solo una competencia profesional: es una condición de salud.
Porque la duda crónica, la autoexigencia excesiva y el miedo sostenido no solo limitan el crecimiento. También impactan en el bienestar psicoemocional, favoreciendo cuadros de ansiedad, desgaste y desmotivación (Maslach & Leiter, 2016).
La pregunta, entonces, deja de ser externa.
No es: ¿qué oportunidades hay?
Es: ¿en qué estado estoy para poder verlas y tomarlas?
Trabajar sobre esa "posición interna" implica desarrollar autoconocimiento, regular el estrés, revisar creencias y fortalecer la confianza en la propia capacidad de acción. No se trata de eliminar la duda, sino de que la duda no paralice.
Porque, en definitiva, la diferencia no está en la suerte.
Está en quién estamos siendo frente a lo que la vida nos presenta.
Bibliografía
Kahneman, D. (2011). Thinking, Fast and Slow. New York: Farrar, Straus and Giroux.
McEwen, B. S. (2007). Physiology and neurobiology of stress and adaptation: central role of the brain. Physiological Reviews, 87(3), 873-904.
Maslach, C., & Leiter, M. P. (2016). Burnout: A Brief History and How to Prevent It. Harvard Business Review.
Morín, V. (2022). Vivir con Estrés. Disponible en Amazon.