Sociedad

Dejar atrás lo que no te hace bien: una decisión biológica, no solo emocional

Foto: Engin Akyurt

Hay algo que muchas personas saben... pero no logran hacer: alejarse de lo que les hace mal.

Relaciones, dinámicas, hábitos, entornos. Permanecen ahí, incluso cuando generan desgaste, incomodidad o tristeza. Y no es falta de voluntad. Es, en gran parte, biología.

El cerebro humano no está diseñado para hacernos felices.
Está diseñado para sobrevivir.

Por eso tiene un sesgo natural hacia lo negativo. Detecta primero el peligro, lo incómodo, lo que podría salir mal. Este mecanismo, que fue clave en nuestra evolución, hoy juega en contra: nos mantiene enganchados a lo que nos lastima, porque lo reconoce como "importante".

En mi libro Vivir con Estrés, disponible en Amazon, explico cómo este estado de alerta constante impacta en la calidad de nuestras decisiones. No elegimos desde la calma. Elegimos desde la adaptación.

Y adaptarse no siempre es bienestar.

Vivimos además en un entorno de sobreestimulación permanente. Información constante, comparaciones, exigencias. El sistema nervioso no descansa. Y cuando no hay pausa, aumenta la irritabilidad, el agotamiento y la dificultad para tomar decisiones claras.

En ese contexto, muchas personas no se van de donde no están bien... porque están demasiado cansadas para hacerlo.

A esto se suma otro factor: los patrones emocionales. Elegimos, muchas veces, desde lo conocido, no desde lo saludable. Incluso en vínculos. El cerebro tiende a repetir lo familiar, aunque duela, porque lo reconoce.

Por eso no alcanza con "darse cuenta".
Hace falta reeducar.

Recuerdo una paciente que sostenía una relación que claramente la desgastaba. Lo sabía. Lo veía. Pero no podía salir. Cuando empezamos a trabajar, apareció algo clave: no era falta de amor propio, era una programación emocional donde el conflicto y la inestabilidad le resultaban familiares. Lo nuevo —la calma— le generaba incertidumbre.

Ahí está uno de los puntos más importantes del cambio:
no siempre elegimos lo que nos hace bien. Elegimos lo que conocemos.

Entonces, ¿cómo salir de ahí?

Primero, generando espacio mental. Sin pausa, no hay claridad. El sistema nervioso necesita momentos de regulación para poder diferenciar entre lo que es urgente y lo que es importante.

Segundo, entrenando la atención. Así como el cerebro busca automáticamente lo negativo, también puede aprender a registrar lo que sí nutre. Momentos de calma, de conexión, de disfrute. No es ingenuidad. Es entrenamiento neuronal.

Tercero, usando una herramienta subestimada: la imaginación. Visualizar escenarios distintos, formas de vida más alineadas, no es escapar. Es preparar al cerebro para el cambio. De hecho, la mente no distingue completamente entre lo imaginado y lo real. Imaginar es empezar a construir.

Y hay algo más, especialmente relevante en muchas mujeres: la dificultad para decir "no". No por falta de criterio, sino por una empatía muy desarrollada y una educación orientada al cuidado del otro. Pero cuando el cuidado hacia afuera supera el cuidado hacia adentro, aparece el desgaste.

Decir "no" no es rechazo.
Es límite.

También es importante aprender a leer las señales. El cuerpo habla antes que la mente: tensión, cansancio, necesidad constante de justificar al otro, sensación de estar sosteniendo demasiado. Esas son alertas.

Ignorarlas tiene costo.

Dejar atrás lo que no te hace bien no es un acto impulsivo.
Es un proceso.

Implica revisar, cuestionar, sostener decisiones incómodas y, sobre todo, animarse a algo que muchas veces evitamos: elegir distinto.

No desde la reacción.
Desde la conciencia.

Porque vivir mejor no siempre es agregar cosas.
A veces es soltar.

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