Sociedad

Cuando el hacer eclipsa al ser: la trampa silenciosa del trabajo en la identidad contemporánea

En una cultura que mide el valor personal en productividad, repensar el lugar del trabajo se vuelve clave para la salud mental, el bienestar y el sentido de vida.
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En las últimas décadas, el trabajo ha dejado de ser únicamente una actividad necesaria para la subsistencia y se ha convertido en un eje estructurante de la identidad. Ya no solo trabajamos: somos lo que hacemos. Este desplazamiento, sutil pero profundo, configura una narrativa donde el valor personal se valida a través del rendimiento, la disponibilidad y la productividad.

Diversos autores han reflexionado sobre este fenómeno. Desde una mirada antropológica, se plantea que el trabajo ha pasado de ser una herramienta para vivir a convertirse en un fin en sí mismo. En este contexto, la pregunta no es menor: ¿estamos organizando nuestra vida en torno al trabajo o el trabajo debería organizarse en torno a la vida?

En la práctica clínica, esta tensión se expresa con claridad. En mi consulta en la Clínica del Estrés, es frecuente recibir pacientes que no logran desconectarse ni siquiera en espacios tradicionalmente destinados al descanso. Recuerdo el caso de un ejecutivo de 42 años que, durante sus vacaciones, revisaba su correo laboral cada 15 minutos. Su argumento era contundente: "Si no lo hago, siento que dejo de ser importante". Esta frase resume una problemática contemporánea: la identidad atada al hacer.

Desde la neurociencia, sabemos que el cerebro humano no está diseñado para sostener niveles crónicos de hiperexigencia sin consecuencias. La sobrecarga cognitiva, el estrés sostenido y la hiperconectividad generan alteraciones en la regulación emocional, la toma de decisiones y la capacidad de disfrute. En mi libro Vivir con Estrés, abordo cómo este estado de activación constante impacta no solo en la salud mental, sino también en el cuerpo, favoreciendo trastornos del sueño, fatiga crónica y enfermedades psicosomáticas (Morin, 2020).

Otro caso frecuente es el de profesionales altamente comprometidos que, ante una enfermedad o una pausa forzada, experimentan un vacío existencial. Una paciente, médica de 50 años, relataba tras una internación: "Nunca pensé que parar me iba a hacer sentir tan perdida". Este tipo de vivencias pone en evidencia que, cuando el trabajo ocupa el centro absoluto, cualquier interrupción se vive como una pérdida de identidad.

La paradoja es que el trabajo, que puede ser fuente de sentido y realización, también puede convertirse en un factor de alienación cuando se desbalancea. No se trata de desvalorizar el trabajo, sino de reubicarlo en un sistema más amplio donde también tengan lugar el descanso, los vínculos, el ocio y el autoconocimiento.

Desde la medicina laboral y la salud ocupacional, este enfoque cobra especial relevancia. Las organizaciones que promueven una cultura centrada exclusivamente en resultados, sin contemplar el bienestar integral, terminan generando entornos de alta rotación, burnout y disminución del desempeño sostenido. En cambio, aquellas que integran políticas de salud mental, pausas activas y límites saludables, no solo cuidan a las personas, sino que mejoran sus indicadores de productividad.

Recuperar el equilibrio implica, en muchos casos, un proceso de reaprendizaje. Implica cuestionar creencias arraigadas como "valgo por lo que produzco" o "descansar es perder el tiempo". También supone reconectar con aspectos del ser que no están mediados por el rendimiento.

En definitiva, no somos únicamente lo que hacemos. Somos también lo que sentimos, lo que pensamos, lo que compartimos y lo que elegimos más allá de la lógica productiva. Reintegrar estas dimensiones no es un lujo: es una necesidad para sostener una vida con sentido.

Bibliografía

Morin, V. (2020). Vivir con Estrés. Amazon.

Suzman, J. (2021). Trabajo: Una historia de cómo empleamos el tiempo. Debate.

Limet, Y. S. (2019). Sobre el sentido de la vida en general y del trabajo en particular. Editorial Kairós.