Redes sociales y adolescentes: prohibir no basta, educar sí

Foto: Rawpixel
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La reciente propuesta para prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años ha encendido debates en todo el mundo y, por ejemplo en España, donde el Gobierno plantea esta medida como una forma de proteger la salud mental de los adolescentes.  

La lógica detrás de la iniciativa es clara: si las plataformas digitales pueden amplificar riesgos —desde ansiedad hasta exposición a contenidos dañinos— excluir a quienes son más vulnerables podría parecer una solución sensata. Sin embargo, limitar el acceso por edad, por sí mismo, no resuelve ni aborda de raíz el problema.  

Este enfoque pone el acento en la restricción como primera respuesta, cuando la evidencia y expertos en neuroeducación sostienen que la educación digital, el acompañamiento familiar y la alfabetización tecnológica son elementos clave para el desarrollo saludable de los jóvenes en el entorno digital.  

Prohibir puede reducir el tiempo en pantalla, pero no elimina la presión, ni la comparación social, ni los mecanismos de refuerzo que las propias plataformas potencian. Muchos adolescentes ya están conectados desde edades tempranas: ocho de cada diez menores obtiene su primer teléfono alrededor de los 11 años y más del 90 % entre 10 y 20 años usa al menos una red social.  

Desde una perspectiva neuropsicológica, la adolescencia es un período de desarrollo del córtex prefrontal —la región encargada del autocontrol y la toma de decisiones— que continúa hasta los 20-25 años. La cautivante arquitectura de las redes —con recompensas constantes, refuerzos sociales, "me gusta" y contenido infinito— explota esta vulnerabilidad intrínseca.  

Esto no significa demonizar lo digital: muchas plataformas permiten conexión, aprendizaje y expresión creativa, sobre todo para grupos que pueden sentirse aislados en sus contextos offline.  

Pero también sabemos que el uso excesivo y no regulado puede intensificar síntomas de ansiedad, baja autoestima y problemas de sueño, especialmente cuando los jóvenes se enfrentan a estándares corporales idealizados, ciberacoso o comparaciones constantes con pares.  

El estrés en juego: un caso clínico que ilustra el fenómeno

Consideremos el caso de Camila, una adolescente de 15 años que consultó en la clínica por dolores de cabeza frecuentes, problemas para dormir y sensación constante de "no alcanzar nunca".

En la exploración clínica, Camila describía que su día transcurría entre la escuela, las obligaciones familiares y una presión interna por mantenerse activa en redes sociales: publicar historias, responder mensajes, comparar su imagen con la de otras chicas y perseguir likes como señal de validación.

Su cortisol salival —una medida biológica de estrés— estaba elevado durante la tarde y noche, lo que indicaba un estado de activación continua del sistema de estrés que no se apagaba siquiera al llegar a casa. Los factores estresores no eran solo académicos o familiares, sino cognitivos y emocionales: la necesidad constante de validación digital y el miedo a perderse algo (FOMO) mantenían su mente en alerta permanente.  

La intervención clínica no fue prohibir el teléfono: fue trabajar en regulación emocional, establecer límites de uso saludables, cultivar hábitos de sueño y promover espacios de conexión real fuera del mundo digital. Con acompañamiento, Camila recuperó gradualmente patrones de descanso y su percepción de sí misma dejó de depender exclusivamente de su imagen online.

Prohibir no basta — acompañar sí

La evidencia sugiere que una estrategia enfocada únicamente en prohibiciones es insuficiente porque no aborda los mecanismos psicológicos, sociales y biológicos que subyacen al uso problemático de las redes.  

Una política eficaz tendría que contemplar tres pilares:
1. Educación digital formalizada, que enseñe a adolescentes cómo funcionan los algoritmos, cómo manejar la sobreexposición informativa y cómo distinguir entre conexión y compulsión.  
2. Apoyo familiar para crear "culturas digitales" dentro del hogar, donde el uso de dispositivos se negocie con diálogo, no solo con control.  
3. Diseño ético de las plataformas, donde los incentivos de diseño no exploten las vulnerabilidades psicológicas de los usuarios más jóvenes.  

De lo contrario, la prohibición corre el riesgo de ser un parche que, además de ser técnicamente frágil, ignora el corazón mismo del desarrollo adolescente: su necesidad de pertenecer, explorarse y construir identidad.  

Como profesionales de la salud —especialmente quienes trabajamos con dolor, estrés y regulación emocional— sabemos que la respuesta simplista a un problema complejo rara vez produce resultados duraderos. En lugar de levantar murallas, nuestra tarea es acercar puentes: educación, empatía y herramientas para la vida digital saludable.

Bibliografía
The Conversation. (2025). Redes sociales y adolescentes: prohibir no basta.
https://theconversation.com/redes-sociales-y-adolescentes-prohibir-no-basta-275234 

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https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/adolescent-mental-health 

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