¿Qué nos pasa cuando decidimos? El equilibrio entre urgencia y sentido

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Tomar decisiones forma parte de la vida cotidiana. Decidimos todo el tiempo: qué hacer primero, a qué responder, qué postergar, qué aceptar y qué dejar pasar. Sin embargo, no siempre somos conscientes de desde dónde decidimos. Y ese punto es central para comprender por qué muchas decisiones nos generan calma... y otras, desgaste.

En la práctica clínica y en el trabajo con personas atravesadas por estrés crónico, aparece una constante: la dificultad para diferenciar lo urgente de lo importante. Vivimos reaccionando. Corriendo detrás de estímulos, demandas externas, notificaciones y expectativas ajenas. En ese modo automático, las decisiones dejan de ser elecciones y se transforman en respuestas impulsivas.

Conocerse a uno mismo es clave en este proceso. Entender cómo funcionamos frente a la presión, qué nos activa, qué nos desborda y qué nos ordena. No todos reaccionamos igual ante una misma situación, porque no todos interpretamos la realidad de la misma manera. La forma en que miramos la vida y dónde ponemos el foco de atención condiciona directamente nuestras decisiones.

Cuando el foco está puesto exclusivamente en lo urgente, el cuerpo entra en estado de alerta permanente. Todo parece prioritario, todo exige una respuesta inmediata. En ese escenario, se pierde la perspectiva, se reduce la capacidad de reflexión y aumenta la reactividad emocional. Decidir desde ahí suele generar arrepentimiento, agotamiento o sensación de vacío.

Lo importante, en cambio, requiere pausa. Requiere conexión con los valores personales, con el propósito y con aquello que da sentido a lo que hacemos. No siempre grita, no siempre se impone, pero sostiene. Cuando las decisiones se alinean con lo importante —aunque no sean inmediatas— suelen traer mayor serenidad y coherencia interna.

El desafío está en equilibrar ambas dimensiones. La vida real tiene urgencias que no pueden ignorarse. Pero cuando todo se vive como urgente, nada se procesa en profundidad. El equilibrio no consiste en eliminar la presión, sino en aprender a regularla. En decidir cuándo actuar rápido y cuándo detenerse a pensar.

Desde la medicina del estrés sabemos que la sobrecarga decisional sostenida eleva los niveles de cortisol, altera el sueño, afecta la concentración y debilita la capacidad de disfrute. Muchas veces no es el problema en sí lo que enferma, sino la forma en que lo abordamos y el estado interno desde el cual tomamos decisiones.

Elegir con conciencia implica hacerse algunas preguntas simples pero potentes:
¿Esto es realmente urgente o solo parece urgente?
¿Esta decisión está alineada con lo que valoro?
¿Estoy decidiendo desde el miedo, la culpa o la presión externa?
¿O desde la calma y la claridad?

La serenidad no aparece cuando desaparecen los problemas, sino cuando aprendemos a ubicarnos mejor frente a ellos. Y esa ubicación depende, en gran parte, de nuestro autoconocimiento y de nuestra capacidad para ordenar prioridades.

En definitiva, decidir bien no es decidir perfecto. Es decidir con mayor conciencia. Saber dónde poner la energía, dónde poner la atención y cuándo decir sí o no. Porque cuando encontramos ese equilibrio, no solo tomamos mejores decisiones: también cuidamos nuestra salud mental y emocional.

Bibliografía
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